Hola a todos!. La semana pasada estuve atendiendo a un curso de una historia que al 97’4% de las personas a las que les he contado lo que era han dicho: “lo qué?”. Para ser sinceros, hasta yo lo dije cuando empecé a investigar sobre el asunto. Total, un curso de una semana en la gran capital con todo lo que eso implica: parkings de a 4€ la hora o la puta zona azul. No me refiero a lo de Movistar, se trata de la zona de estacionamiento regulado o dicho de otra manera, una donación “adicional” a los presupuestos para pagar el chocho de obras que hay montado en la ciudad.

En estos días de crisis que corren (y con la elevadísima relación minuto de profesor / euro del curso), decidí que sería un buen momento para adentrarme en el fabuloso mundo del Metro de Madrid. Tras la correspondiente evaluación de riesgos, el resultado fue que la recién adquirida moto era demasiado peligrosa para los días de lluvia y viento que sufrimos por aquí la semana pasada. No había otra opción razonable.

Por otro lado, estaba ilusionado, ya que podría dedicar la hora y poco (o “y mucho”, según el día…) del trayecto a escuchar música, una de mis aficiones más poderosas junto a la de los gusanitos naranjas y el Plus los viernes por la noche ;-) Oh yeah. Recuerdo encontrarme con gente muy muy variopinta. De entre todas, aún me acuerdo de una señora mayor, que vestía impecable con ropa de señora mayor, y que además llevaba las gafas de señora mayor más características que el ser humano pudo jamás diseñar. Algo parecido a esto:

NO se trata del antifaz de Robin, se trata de una re-ediciones “vintage”, pero estoy convencido de que nuestra querida abuelita las compró nuevecitas allá por el año 1954, menuda inversión!.

Por favor, no me clasifiquéis de degenerado por acordarme de una señora mayor y no de las tropecientas mujeres hermosas de la mitad de edad que la susodicha señora: simplemente me resultó curioso.

Aparte de la señora Encarnación (así la voy a llamar yo), también vi otra señora que pensó que sería una buena idea usar sus zapatos estilo “Crocos” en uno de los días de más frío del último lustro. Esos zapatos no son ni más ni menos que las sandalias de agua de toda la vida. Hasta ahí medio bien, lo cojonudo fue cuando me fijé que bajo las chanclas llevaba un apropiado calcetín blanco de deporte. En el fondo hacía frío, era entendible.

Mientras escuchaba música, también topé con un señor cuya habilidad era la de someter su cuerpo a un millar de posturas imposibles. Además, por si no me había quedado claro por las voces que lanzó para anunciar su show, el colega se puso a desplegar todo su arsenal “contorsionil” a metro y medio de mi. Que si el pino, que si andar con las rodillas mientras se metía un pie por el culo. Giros de articulaciones y extremidades que ni el mismísimo Creador tuvo en cuenta a la hora del diseño de nuestro cuerpo… realmente asombroso. Al acabar el numerito, le di unas monedas y le dije: “nada de vicios, esto para Reflex…”

Vaya experiencias. Viajar en Metro es como ir al Circo: no paran de suceder cosas. Sentía curiosidad por ver que había en el programa para los próximos minutos, pero la verdad, un tío de mi edad ya había tenido suficientes estímulos sensoriales para lo que iba de mañana. Mi querido y verde MP3 lo notó y decidió darme un respiro: “I could write a book” del gran Miles Davis. Que joya de canción, me encanta. El mundo se relajó por unos segundos tal y como indica el nombre del álbum que contiene ese tema (Relaxin’, año 1956, totalmente recomendable). Me parece una canción muy viva y alegre, justo lo que necesitaba para reponerme de tanto sobresalto. Mi mundo entraba en sintonía con el mundo mundial, me encanta el Metro!.

Pero el destino aún me reservaba una (macabra) sorpresa más. Justo antes de que entrase el sublime saxo tenor de un tal John Coltrane, escuché sin dar crédito una frase que aún hoy, casi una semana después del suceso, retumba en mis oídos:

“Buenos días damitas y caballeros, mi compadre y yo les vamos a amenisar el viaje con un poquito de música. Muchas grasias”… :O

y el par de terroristas musicales machacaron sin piedad alguna uno de los temas más odiado de mi ranking de “Canciones para pegarse un tiro” (en parte gracias a situaciones como la vivida). Damitas y caballeros, el tema en cuestión, “Sounds of Silence” de Simon & Garfunkel. Pero no el original, si no una versión andina llena de flautas y efectos “chill out” que pa su puta madre. Y al acabar, mientras yo intentaba reconstruir los hechos con los ojos inyectados en sangre, los individuos van y piden pasta!!. Si llego a tener una lata de gasolina, al día siguiente salgo en el 20 Minutos, en el ADN y hasta en el Qué!…

En resumen, el Metro está bien, pero todo tiene un precio. En mi caso creo que es un importe muy alto, tal vez más (al menos en espíritu) del que tiene la zona azul del Sr. Gallardón. Alberto, apúntame un par de horitas en mi cuenta majo…

Buenas noches.