Lunes, 17:30. Como viene siendo costumbre en los últimos 32 años, llegaba tarde. Había quedado hacía 10 minutos y aún estaba preocupantemente lejos. Encima, el Gobierno decide que para ahorrar no debo superar los 110Km/h. Así que ahí estaba yo, en pleno casco urbano jugándome la vida a 109Km/h.
Tras adelantar a un despistado dominguero (estábamos a lunes…) y poco más adelante encontrarme un coche aparcado en el carril izquierdo de acceso a una rotonda, no pude aguantar más y estallé en el interior de mi coche mientras el radio-cd vomitaba la irreverente a la par que inmortal música de “Los Pecos”…: “¡¿Dónde cojones está la policía cuando la necesitas?!”
Justo una rotonda más adelante, mis plegarias tuvieron respuesta: AHÍ estaba la policía…
- [Uy uy uy... Coche negro, cristales tintados, este va fino] – “Pare usted a la derecha.” – Dijo un sonriente agente de policía haciendo las veces de Luke Skywalker mientras me daba el alto con su sable láser.
Me cago en todas las putas de Moratalaz, si ya iba tarde hace 10 minutos, ahora ni te cuento.
Bajo la ventanilla y comienza el espectáculo:
- “Buenas tardes”, dijo el agente.
- “Buenas noches”, dije yo.
- “Me deja los papeles del coche y su documentación?. Vamos a realizar una prueba orientativa de alcoholemia“
Queridos niños y niñas, acabáis de leer la definición de eufemismo.
Prueba #1
Justo antes de empezar, el señor policía se puso a toser de manera compulsiva.
- “¿Se encuentra bien agente?” – pregunté interesado.
- “Si, bueno, es que… verá, es un poco embarazoso, pero… ¿se ha peído usted?” – interrogó con voz entrecortada y ojos llorosos.
- Como buen gallego, tras una soberbia pausa dramática, respondí yo: “¿Y usted?”
- No no por favor! – replicó el agente de la autoridad.
- ¿Entonces por qué estamos perdiendo el tiempo?
Seguro que pensó que era un puto cerdo, pero como peerse en el coche de uno mismo no está penado en el código de circulación, pues nos lo fumamos los dos y tan amigos.
- “Qué emoción Sr. agente, es mi primer control”. El no dijo nada, seguramente debido a mi imponente presencia (gaseosa, claro), pero si no era también el suyo, por ahí andaría la cosa. Me di cuenta de que era novato, cuando le preguntó a su compi si podía dejar de encañonarme con el arma reglamentaria durante todo el control, porque se le estaban durmiendo los brazos…
- “¿Qué tengo que hacer?” pregunté impaciente a la vez que ilusionado.
Tomo aire y soplo como si me fuese la vida en ello. A pesar de haber tomado un vaso de agua comiendo, estaba nervioso, porque en términos probabilísticos, uno nunca puede estar 100% seguro de lo que bebe y menos cuando ha visitado el embalse del Atazar con un amigo suyo que consideró como una buena idea, echar una meadita desde más de 50 metros del agua de Madrid, orgullo de todos…
- “0.00. Muy bien señor”
- “¿Estoy embarazado? (yo tenía mis dudas gracias a mi amigo el ‘mea-embalses‘)”
- “No”
- “¿Puedo irme ya?”
- “No”
El destino me tenía preparado un segundo asalto. Era el turno de la “prueba orientativa de sustancias estupefacientes“.
Prueba #2
Y es en este punto cuando me acordé de los ciclistas, cuando dicen que ellos no se han dopado, que todo era problema de la carne. No termino de creerme que a un pavo al que seguramente le cuenten las kilocalorías gastadas en la dedicada y constante entrega al onanismo, coma carne de una vaca que “casualmente” pastaba en Las Barranquillas…
Uno está muy seguro de ciertas cosas, pero dudar es inherente a la condición humana. A la condición humana y a la necesidad policial de gastar blocs de multas. ¿Habrá una liguilla interna para ver quién es el policía más multón?
- “Métete esto en la boca, y no lo saques hasta que yo te avise… príncipe”.
Sorprendido por la frialdad del Sr. agente, y tras reclamarle una pequeña muestra de cariño (que nunca llegó), me puse el “drogómetro”.
Dos minutos con el chupete en la boca fueron más que suficientes para que un servidor comenzase a babear como un pobre bebé sietemesino. Amigos y amigas, no nos engañemos: esto pasa. Cuando te metes cosas en la boca, babeas. Así de básico y de primitivo. Claro, al ser novato en estas lides, no sabía si podía sorber o eso afectaría al resultado de la prueba. Con el novel policía aún encañonándome, decidí no jugármela.
Pero la Física es como es y no entiende de controles policiales, así que un caprichoso pero inevitable charquito de baba se unió a una fiesta improvisada sobre mis pantalones. El policía y yo cruzamos nuestras miradas en un momento épico: yo le miraba con la cara del baboso incontinente que era y el me miraba atónito, pensando: “¿Este tío es de verdad? ¿Por qué no me hice bibliotecario?”
Al parecer tampoco me había drogado, con lo cual, seguí adelante en el mega-concurso.
¿Prueba #3?
Por inducción matemática, supuse que habría una tercera prueba. Esa sería la buena. Sería la prueba que me daría mi ansiado y desconocido premio. De hecho, yo estaba muy muy emocionado. Pero el desconocimiento de lo que faltaba por venir mezclaba emociones en mi interior.
A estas alturas del cuento, un servidor estaba más o menos revisado. Pero al cabrón de mi coche ni lo habían mirado. ¿Le abrirían el maletero al coche?, o lo que es mucho peor, ¿me lo abrirían a mi?, ¿me dejarían el coche subido en cuatro ladrillos totalmente desguazado?… cuando las dudas estaban cerca de consumir mi maltrecho “celebro”, la divina providencia en forma de agente de policía, consideró finalizada mi participación en el evento:
- “Aquí tiene su documentación. Todo perfecto. Muchas gracias por su colaboración”.
Nos besamos y cada uno siguió su camino sin volver la vista atrás. Yo supe que nada volvería a ser igual. De hecho, lo primero que dejó de ser igual fue mi cuenta corriente, cuando 20 minutos más tarde me empapeló la Guardia Civil con un radar móvil… Y es que amigos, la felicidad es efímera: disfrutadla.

Me muero de risa, pero ya sabes que yo soy muy agradecida con los chistes
Lo que no te pase a ti, no le pasa a nadie. Yo he soplado bastantes veces, pero el de drogas no me lo han hecho todavía. En fin, mi mas sentido pesame por entrar en el “selecto” club de las victimas del Sr. Pere Navarro y sus secuaces (valientes “vaciacarteras”/”trepacuentas”).
Esta claro que quedó pendiente que te hiciesen la cata del jamón.
Quizás lo hubieses preferido que tu virtual encuentro con la Benemerita.
Me troncho Néstor. Esta tarde me lo cuentas todo en persona again.