El fin de semana pasado, mientras preparaba unas deliciosas fajitas para mis afortunados amigos, tuve un percance: resulta que los cuchillos del anfitrión cortaban de verdad, del verbo cortar con mayúsculas. Tanto fue así, que en un acto de estilismo, me afilé la uña del dedo índice de la mano izquierda. Como decía un buen amigo, mi capacidad sexual se acababa de ver reducida en un 13,45%. Toda una catástrofe.

Realmente mi vida no corría peligro alguno, no obstante, realizar las acciones cotidianas suponían todo un handicap. Empezando por el inventario del contenido de las fosas nasales o la ducha.

Ahí estaba yo a las 7:03 de la mañana de un lunes, casi en pelotas (vamos, con los calcetines ejecutivos hasta arriba) mirándome incrédulo mi dedo al más puro estilo ET, pensando en algún artilugio para evitar que la venda se mojase en acto de servicio. A esas horas mi alborotado cerebro no daba para mucho y lo primero que me pasó por la mente fue un genial “si me concentro y lo miro fijamente, se curará solo de inmediato“. No se qué hice mal, pero el caso es que no funcionó.

Lo segundo que se me pasó por la cabeza fue usar una bolsa de basura para envolverme el brazo pero no me pareció eficiente, por lo que depuré la idea y acabé implementando la tercera opción: un preservativo para proteger el dedo.

Raudo y veloz, me dirigí a la máquina expendedora que tengo junto al cabecero de la cama, busqué 1,50€, que es el PVP recomendado al que el proveedor me los ha dejado y saqué un ejemplar sabor a fresa. La ducha prometía.

He de reconocer que me encontraba un poco nervioso, como excitado: al fin y al cabo, era mi primera vez. Nunca me había puesto un condón en un dedo para ducharme. La idea de que mi dedo tuviese un gatillazo me atormentaba, pero me relajé pensando en la alineación de los Miami Dolphins del ’72.

Ya en la ducha, todo fue como la seda. El profiláctico se adaptaba a mi dedo como un guante (¿quiere esto decir que tengo dedos como po***s?) Mentiría si os dijese que desenrollé todo el protector sobre el dedo índice…

Tres horas más tarde, con N-1 dedos arrugados como garbancitos en remojo, salí de la ducha, ahíto de higiene personal. Y es que resulta que además de tener sabor a fresa el preservativo era retardante. Efectivamente, llegué tarde al trabajo. Tarde pero satisfecho y confiado: al final, tenía una excusa muy buena…

Sed felices.

P.D.: Washin, por si te lo estás preguntando: no, no me metí el dedo por el culo…